El dato más simbólico es la obtención de dos calificaciones de grado de inversión y la proximidad de una tercera. Este reconocimiento por parte de los mercados internacionales no es menor: implica confianza, previsibilidad y disciplina macroeconómica. Es, en términos financieros, un certificado de madurez.
Pero más allá de las cifras técnicas, los números concretos hablan por sí solos. Paraguay creció 6% el año pasado, el desempleo cerró en 3,6% y la pobreza se redujo a alrededor del 20%. Son indicadores que no solo reflejan estabilidad, sino impacto real en la vida de las personas.
Goldfajn subraya que este desempeño no es casualidad. Responde a años de políticas macroeconómicas prudentes, fortalecimiento institucional y una gestión creíble ante inversores y organismos internacionales. En una región marcada por volatilidad política y económica, Paraguay proyecta previsibilidad.
Este nuevo posicionamiento internacional se verá reflejado en un hecho significativo: el país será sede de las Reuniones Anuales del Grupo BID. No es un simple evento protocolar. Es una señal de confianza y una oportunidad estratégica para colocar en la agenda regional temas clave como la integración, el crecimiento sostenible y el papel determinante del sector privado en el desarrollo.
El mensaje es claro: Paraguay ya no es solo una promesa silenciosa. Es un país que está consolidando resultados y mostrando que estabilidad y crecimiento pueden ir de la mano.
El desafío ahora es sostener el ritmo. Mantener la disciplina fiscal, profundizar las reformas estructurales y garantizar que el crecimiento continúe traduciéndose en reducción de pobreza y mayor movilidad social.
Como bien señala el presidente del BID, el cambio paraguayo no solo emociona: impacta. Y empieza a ser observado con atención desde toda América Latina.
Fuente: Agencia IP.